Club/El Nadal arreu del món
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De com, les bèsties, la nit de Nadal, van gaudir del do de la paraula
Tot va començar la nit de Nadal. Com sabeu, després de néixer Jesús, tota una munió de gent es va trobar allà al portal: pastors, pagesos, llauradors, botiguers, pescadors, caçadors... gent de tota arreu de tots els orígens, edats i cultures; homes i dones, nens i nenes, nois i noies... tothom li volia oferir els seus presents i volien veure la criatura que feia tant de goig. I no només això, sinó que també van portar animals, animals de tota mena que ben segur podien ser d'alguna utilitat, i si no les mateixes bèsties buscaven alguna manera de ser-ho.
La gent després d'adorar l'Infant, després de fer un bon tec, de cantar nadales i de festejar aquella nit, van posar tots els animals junts, els van donar doble ració (doble menjar) perquè ells també podessin celebrar la vinguda al món de Jesús i cansat per la llarga jornada es van posar a dormir. Va se aleshores quan els animals ben desperts, contents i atipats, que e van posar a cantar tal com una estona abans havien fet els seus amos; i així va anar:
El gall es va enfilar sobre un pal que feia de biga a la teulada del pessebre, i en veure al bon Jesús que dormia plàcidament, va cridar: Kickirikiiii....! que volia dir: Jesús és aquí....!
El bou, amb la seva catxassa, es va aixecar de terra i va dir: Muuuuu....?! que volia dir: A oooon....?!
Els ocells que no deixaven de voleiar deien: Tit ti-ti-tit! que volia dir: És cap aquí
Els xais que eren al voltant del bressol i feia estona que ja el veien, pregonaven: Be beeeeeéééé... ! que volia dir: Està bé!
Els ànecs que en aquell moment eren dins una bassa d'allà al costat, en sentir la notícia van sortir espetegant i xisclant: Quac-quac-quac-quaaaaacc.....! que volia dir: Jo vull anar!
Els porcs, que en aquell moment eren ben bruts i eixarrancats al mig del fang, en sentir que ela ànecs hi anaven, feien: Aihó, aihó, aihó... que volia dir: I jo, i jo, i jo!!!
Les gallines, ben estarrufades i presumides, en sentir els porcs i veurels d'aquella manera com anaven, van protestar: Coc-corococ-corocoooooc....! que volia dir: Cal que primer us renteu amb sabó!
I l'ase, que estava al cas de tot el que passava, quan va veure als porcs que es banyaven amb aigua neta i quedaven ben lluents i polits, exclamava: "Aaaaaaaaaah-i, aaaaaahh-i.....! que volia dir: "Aaaaaaixí, aaaaaaaixí!
Quan van ser tots al voltant de l'Infant, un gat, emocionat per tota aquella imatge, deia dolçament: "Meeeeuuuu....! que volia dir: "Mireu!
El gos, valent com ningú, davant del Minyó va afegir: "grrrruuu-guaou-gua-gua-gua-guau...! que volia dir: "Ai del qui gosi fer-li mal!
I així, els animals, van passar tota la Nit de Nadal, vetllat el son de l'Infant Jesús. I encara ara n'hi ha molts d'aquests animals que parlen i diuen el mateix en record d'aquella Gran Nit. 10-12-97
- autor: Àngel Daban 10-12-97
- http://www.teranyina.net/nadal.ct/lletra/conte5.html
- alex gomez
- brais
La Navidad de El Almanaque
UN SUEÑO DE NAVIDAD
- Raul
- Marc
La noche tenía un Cielo brillante. Las estrellas habían salido en alegres grupos para iluminarlo y advertir y precisar ante los habitantes de la tierra que era la víspera de la Navidad, por lo que nadie podía tener amarguras, ni peleas, ni guerras. Se acercaba el Nacimiento de Jesús, la mejor noticia que el Mundo iba a recibir por los siglos de los siglos.
Era, en cierta forma, el mensaje de paz que la Madre Naturaleza lanzaba, en una estación invernal, a un mundo convulsionado por las guerras, por los espíritus belicosos, por los hombres que habían olvidado que muy jóvenes, desde su nacimiento, habían creado un núcleo denominado Familia, que con el paso de los años se estaba desintegrando, con lo cual los grandes valores morales y éticos, dolorosamente, se escabullían También ese Cielo tan preciosamente iluminado quería despertar la conciencia de tántos y tántos jóvenes -hombres y mujeres- sumidos en la más tremenda oscuridad porque una vez, pese a las numerosas advertencias, ingresaron en el mundo de las drogas. Y a muchísimos les costaba salir luego de ellas. Y, generalmente, pasaban a convertirse en delincuentes porque su adicción les obligaba a matar o a robar.
El Cielo quería con esa luminosidad indicar el camino para quienes son causantes de las grandes epidemias que, como el Sida, van extendiéndose por el mundo, y señalarles que, con mínimas precauciones, podían evitar su propagación y no seguir siendo la causa de miles y miles de muertes.
Quería también el Cielo, rodeado de estrellas que se mantenían firmes y no eran fugaces, dar una luz de esperanza para millones de personas víctimas del racismo y la xenofobia, por el color de su piel, por su procedencia, por su condición ecónomica débil, para que tuvieran un hálito de paz y pensaran que un día no muy lejano serían bien recibidos y desaparecerían todas las persecuciones, los malos y despectivos tratos, las mofas y podrían trabajar y establecerse en países que no eran los suyos para ayudar a crear riquezas y poder subsistir decorosamente.
La víspera del Nacimiento del Niño Dios, un Cielo tan resplandeciente, pretendía indicar que todas las religiones eran igualmente respetables y que en nombre de ninguna de ellas se podía incitar al crimen, al terrorismo, a la violencia porque, precisamente Dios, creó al mundo para que la gente se entendiese mediante la palabra.
Desde miles de kilómetros de distancia, el Cielo ofrecía a la vista un hermoso panorama, como queriendo decir que iban a desaparecer las desigualdades sociales; que los hombres y mujeres de buena voluntad contarían con los recursos indispensables para su supervivencia y que la pobreza y la miseria pasarían a ser elementos de un lejano pasado. Así se conseguiría que la felicidad fuera la norma general , que ya nadie pasaría hambre, que todos contarían con una vivienda digna, con eficientes sistemas de salud y de educación, sin prejuicios sociales ni discriminaciones.
En fin, ese conglomerado de estrellas no se había asomado al Cielo para darle un simple colorido. No. En cada uno de sus reflejos luminosos traía un mensaje específico para que se acabaran las guerras; para que la familia volviera a ser ese gran núcleo compacto donde predominase el diálogo, como símbolo de unidad; para que desapareciesen las pandemias, causantes de tántas muertes; para que no hubiese nunca más las drogas malignas y se eliminaran para siempre las redes de narcotraficantes; para que el blanco, el negro, el amarillo y todas las razas convivieran pacíficamente ayudándose unas a otras; para que todas las religiones se uniesen en un sólo objetivo de ser auténticas guías espirituales y, en su nombre, no volviesen a aparecer vientos bélicos; para que en todo el mundo las divergencias, las diferencias entre los seres humanos encontraran la solución mediante el diálogo.
Todo esto lo soñé con una extrema felicidad, con el orgullo de pertenecer a una raza humana que había encontrado, sin vacilaciones, por fin, el camino amplio de la confraternización; el Cielo parecía decirme: "goza bien de esta noche, que a lo mejor nunca se repetirá. Pero cuando despiertes trata de convertirte en una adalid de las buenas y nobles causas. Debes formar causa común con tu familia, con tus amigos, para que todos, como una sóla persona, procuren hacer el bien"
Pero, desafortunadamente todo era un sueño. Tuve que despertar y encontrarme con la realidad, con esa cruda realidad, que muchas veces, con gesto dolorido, remueve las entrañas ante tántos hechos dolorosos, tristes, injustos y amargos que se viven a diario Durante la noche la lluvia y la nieve se habían entremezclado y el Cielo había estado permanentemente a oscuras. Mi mente había ideado un mundo digno. Un mundo construido para el ser humano. Un mundo, sin embargo, destruido por el propio ser humano, debido a su egoísmo, a no saber alejar de su corazón las malas obras y la cizaña y por tener abierta su mente y su pensamiento para el mal cerrándole todas sus puertas al bien.
- Autor: Guillermo Tribín Piedrahita
- http://www.elalmanaque.com/navidad/cuentos_archivos/suenodenavidad.htm
OLIBER TWIST:TIERNO CUENTO DE NAVIDAD
- ARON
- ALEX
No era nada fácil ser pobre en la Inglaterra victoriana. El mayor imperio colonial de la época y uno de los países más industrializados, donde las clases pudientes disfrutaban de todo tipo de comodidades, era por el contrario implacable con las clases bajas, sumidas en la más absoluta miseria y explotación. Y en el escalafón más bajo de esta clasista sociedad estaban los niños huérfanos. En manos de sórdidos hospicios o trabajando como mulas, su futuro no era nada halagüeño.
Eso lo sabía bien Charles Dickens que, si bien vivía con sus padres, conoció de primera mano la pobreza y el abandono de los menos favorecidos. Vivencias que le sirvieron de material literario para obras mundialmente conocidas como David Copperfield o Oliver Twist.
Esta última ha sido llevada al cine en varias ocasiones. La que nos ocupa está filmada por el prestigioso director Roman Polanski, autor de La semilla del diablo o El pianista que ha dejado a un lado las ambigüedades morales y el gusto por lo enfermo e inquietante que caracteriza su obra para hacer de Oliver Twist -2005 una tierna y en ocasiones dura historia sobre las desventuras de un cándido huérfano en un mundo implacable. Entregado casi como esclavo en una funeraria, las duras condiciones laborales y el maltrato al que es sometido le obligan a huir a Londres, donde topará con una peligrosa banda de niños ladrones comandada por el avaro Fagin, un magnífico y casi irreconocible Ben Kingsley. Su única esperanza es conseguir huir y comenzar una nueva vida junto al señor Brownlow.
Rodada en Praga y magníficamente ambientada, la historia elude los elementos más críticos y comprometidos de la novela centrándose en el relato de aventuras, lo que lastra el alcance del filme, que al final se queda en una bonita historia con moraleja, perfectamente disfrutable en estas fechas familiares.
- AUTOR: ROMAN POLANSQUI
- http://www.topmadrid.com/2006/01/oliver-twist-tierno-cuento-de-navidad.asp
Barloventeando
La muerte de Santa Claus
- kevin
- rodri
En un recóndito paraje de la Sierra de Maltrata en el Estado de Veracruz, donde los habitantes no saben, ni les importa, si son poblanos o veracruzanos, existe una pequeña congregación donde los niños se reúnen todos los años el 24 de Diciembre para recordar la muerte de Santa Claus. Al pueblucho de no mas de 200 habitantes, le cambiaron hace diez años el nombre, era conocido como San Pablo Chalchicomula, y hoy se denomina San Pablo de Santa Claus.
Los mayores están convencidos que Santa Claus existió y para firmeza de sus convicciones llevan a quien lo duda a visitar la tumba del mítico personaje que ocupa un privilegiado sitio en el camposanto del lugar, el sencillo túmulo tiene encima una tosca loza de piedra de cantera con una inscripción que reza: “Aquí descansa Santa Claus, murió contento a las 12 de la noche, trayendo regalos a los niños de San Pablo el 24 de Diciembre de 1991, lo recordaremos siempre con tristeza pero con amor”.
Para quienes no creen en la necesidad que tienen los niños de todo el mundo de creer en Santa Claus, les relato la historia tal y como me la relató el delegado municipal de San Pablo de Santa Claus, me pidió que no la diera a conocer en San Pablo pues desde que Santa murió, los niños del pueblo se dedican a hacer muñecos de paja y arena, pretendiendo reproducir la estampa de Santa, de su venta en los tiempos navideños el pueblo recibe algunos pesos que se dedican a la compra de regalos en Orizaba, regalos que traen alegría a los niños de San Pablo, de paso, los mayores que recuerdan la noche en que murió Santa hacen fiesta y banquete. Tienen ya motivo para festejar y recordar una efemérides, ningún otro pueblo del mundo puede darse el lujo de jactarse de tan extraordinario hecho. Noche triste su Nochebuena, pues recuerdan la muerte de Santa, pero al final de cuentas, el pueblo ya tiene algo para recordar, el pobre pueblo, antes que Santa muriera, ni siquiera tenía fiesta del pueblo, la Navidad era triste y vacía. Hoy sigue siendo triste, pero el 24-25 de Diciembre el pueblo se inunda con el recuerdo de su Santo Patrón: “Santa Claus de San Pablo”.
Va la historia, como me la contaron se las cuento yo:
A finales de los treinta, con la oleada de refugiados que huían de la revolución española, llegó un gallego de Vigo, corto de entendederas pero hábil para hacer pan, nunca supo ni porqué salió de España, en su tierra, los franquistas le habían quitado las pocas pertenencias que tenía, en campaña con el ejército le obligaban a hacer pan para la tropa, sin recibir mas paga que los certificados de postguerra, terminada ésta nunca supo a quien cobrar, por instigación de un compañero también tahonero se enroló en un barco con la intención de “hacer la América”; su facha de gachupín le facilitó la entrada por Veracruz, sin saber cómo o por qué llegó a Orizaba, le gustó el clima y el trato de muchos paisanos que encontró y principió a hacer lo único que sabía hacer, hizo pan.
Pensando al igual que muchos refugiados en hacer plata para regresar a Galicia, creció económicamente a base de guardar todo lo que ganaba, llevando una vida miserable aprendió algunos secretos de las finanzas informales, lo que ganaba haciendo pan lo invirtió prestando dinero en condiciones de agio, su vida fue derivando involuntariamente a la misantropía propia de los agiotistas, nada le importaba sino ganar dinero, fue acrecentando sus bienes hasta convertirse en un rico casa teniente de la región, su elemental cultura no le otorgaba mayores placeres que mal comer, mal vestir y ocasionalmente tomarse a solas una botella de vino tinto barato, el único lujo que se permitía.
Pensando en el regreso a Galicia, todo lo que ganaba lo convertía en efectivo, se privó de compañía femenina pues resultaba un gasto que podía evitar, nunca se casó ni tuvo hijos, envejeció sin conocer mas placer que trabajar, ganar dinero y guardarlo, típico avaro que era feliz sin tener necesidad de amar o ser amado.
La fría noche del 24 de diciembre de 1990 regresaba a su casa cansado después de un fatigoso día, sus más de ochenta años de edad le hacían penoso el caminar, un niño limosnero se le acercó a pedir ayuda, que por supuesto negó, el niño le regaló un caramelo de los muchos que reparten en las fiestas decembrinas, continúo su camino y decidió llamar a las puertas de la casa de uno de los muchos deudores que se retrasaban en el pago, al abrir la puerta le invitaron a pasar y a incorporarse a la cena servida, aceptó, dado que no le pagarían y con ello podía ahorrarse el costo de una comida, lo trataron con amor y le despidieron con promesas de pagarle en poco tiempo.
Cerca de su casa pasó por una pequeña iglesia, el sacerdote le invitó a pasar a la sacristía y tomar un trago del vino que le gustaba, aceptó y departió con el sacerdote hasta casi las doce de la noche, se despidió recibiendo del sacerdote la expresión clásica: “Felices fiestas”. Ya para entrar a su casa vio junto a su puerta a tres pequeños acurrucados y tapados con periódicos para soportar el frío, los despertó y los pequeños le sonrieron y solo le dijeron “Feliz Navidad” para volver a enrollarse en sus periódicos y tratar de conciliar el interrumpido sueño; entró a su casa y por primera vez en su vida sintió la soledad que nunca le había molestado, se acostó y rompió en llanto, descubrió que la felicidad compartida es el mas valioso tesoro que puede poseer el ser humano.
Al día siguiente, temprano se dirigió al templo a pedir consejo al sacerdote que le había invitado la noche anterior, lloró relatando su frustración existencial, confesó que los sueños de regresar a Galicia le atemorizaban, primero por que no quería compartir con sus parientes pobres la fortuna acumulada a base de privaciones, y después, muchos años después, por que en Galicia no tenía ya a nadie con quien compartir su vida. El cura quedó azorado ante la disposición del gallego de dar parte de su fortuna a los necesitados, solo atinó a dar un consejo, seguramente influido por el ambiente navideño le dijo: “Alegra a los niños, sé Santa Claus”.
El gallego atendió el consejo del sacerdote, a partir de ese día se dedicó a buscar a quien ayudar, recordando al pequeño que le había dado un caramelo en correspondencia a su negación de darle limosna, tomó por costumbre cargar una gran bolsa cargada de caramelos; en recuerdo de quienes le invitaron a cenar cuando fue a requerirles del pago de la deuda, decidió perdonar a todos sus deudores, entendió el símbolo de la copa de vino compartido y a partir de ese día acudió a los hospitales para dar auxilio a quienes estaban postrados por enfermedad; buena parte de su fortuna la dio a los hospicios para niños de la calle y noche a noche recorría la ciudad auxiliando a los pequeños que encontraba durmiendo en la calle.
Pasó todo el año de 1991 buscando a quién ayudar, hizo mucho más, pero en su fuero interno sufría viendo las muchas miserias que se enseñorean en el cotidiano existir de los pequeños desamparados, fue con su ya buen amigo el sacerdote y le pidió consejo para tratar de calmar el dolor que le causaba la miseria humana y su incapacidad para atenuarla, el sacerdote le repitió el consejo: “Alegra a los niños, sé Santa Claus”. Desesperado y angustiado le preguntó: ¿Dónde, cómo, a quién, cuándo?, el sacerdote le contestó tranquilo: “No puedes ayudar a todos los niños todo el tiempo, pero si puedes dar todo tu amor a quienes solo demandan un rato de alegría cuando la fiesta se presenta, en Navidad buscarás un pueblo de la sierra donde nunca llega Santa Claus ni los Reyes Magos, cuando hallas encontrado los más pobres entre los pobres de la montaña, los más necesitados en la región, aquellos que nunca han pensado que existan las hadas ni los reyes magos, prepárales la visita de Santa Claus, un día de felicidad para ellos les dará un tesoro de recuerdos para toda la vida”.
Cerca de Orizaba abundan los pequeños pueblos donde nunca llega Santa Claus, el gallego se dedicó a buscar uno de los mas miserables, lo encontró en la Sierra de Maltrata, se llamaba San Pablo Chalchicomula. Contrató un pesado camión de carga y lo llenó de ropa, juguetes y golosinas de todo tipo, para dar la imagen real de Santa, compró un traje del personaje y la tarde del 24 de Diciembre de 1991 arrumbó hacia la sierra de Maltrata; el camino es de muy difícil acceso, las cuestas y curvas del camino hacen peligrosísimo el viaje. El Santa gallego no se arredró y a las 11:30 de la noche del 24 de diciembre inició el descenso por el empinado camino; la noche estaba cerrada en la niebla normal en ese tiempo y a esas horas, la difícil cuesta requería de un descenso de mas de 500 mts. de torcidas curvas, en la primera de ellas perdió el control del camión y se volcó, dio dos o tres maromas lanzando la carga cuesta abajo, nuestro Santa Claus salió rebotando entre juguetes, ropa y dulces; el camión quedó atorado cuesta arriba, pero los juguetes, las golosinas y la ropa cayeron junto con Santa hasta el final de la cuesta donde está el pequeño pueblo de San Pablo Chalchicomula. Todos los vecinos despertaron y acudieron hasta donde yacía Santa Claus, quien al ver a los niños sólo alcanzó a decir: “Feliz Navidad, los amo” ... y murió.
Como podrán ustedes constatar, el cuento de Navidad es triste, tal y como es la vida en la sierra mexicana, hay niños humildes que ya no son visitados por Santa Claus, pues murió, tal y como le consta a los niños de San Pablo de Santa Claus, quienes vieron como pronunció con amor sus últimas palabras, la alegría que proporcionó ese 24 de Diciembre a los niños de San Pablo Chalchicomula fue tal, que decidieron ponerle al pueblo“San Pablo de Santa Claus”.
- autor: Luis Martinez Wolf
- http://www.elalmanaque.com/navidad/cuentos_archivos/barloventeando.htm
El Belen
- Raúl
- Parmveer
- Virginia
- Tarnveer
De vuelta a su casa, ya anochecido, don Julio Revenga -sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigo gabán con cuello y maniquetas de pieles- rumiaba pensamientos ingratos. Su situación era comprometida y grave, doblemente grave para un hombre leal y franco por naturaleza, y obligado por las circunstancias a engañar y a mentir. ¡Qué cara pagaba una hora de extravío! La tranquilidad de su conciencia, la paz de su casa, la seriedad de su conducta, todo al agua por algunos instantes en que no supo precaverse de una tentación.
Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche despoblándose, Revenga daba vueltas a la historia de su yerro. ¿Cómo había sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas: tontamente. Si no es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no tendría ocasión de ponerse en frecuente contacto con la hermana, aquella Anita Dolores -mujer ya espigada en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.
-Ante la desgracia de la quiebra, Costavilla perdió la energía y la esperanza; pero Anita Dolores, en cambio, se reveló llena de aptitudes comerciales, dispuesta, activa, resuelta a salvar la casa de cualquier modo. Para sus gestiones se asesoraba con Revenga, le pedía auxilio, préstamos, celebraban conferencias que duraban horas. Al manejar los papeles, al calcular probabilidades de liquidación, establecíase entre los dos una intimidad chancera, que se convertía de repente, por parte de Anita, en afición inequívoca. Al sospechar Revenga lo que iba a sobrevenir, ya estaba interesado su amor propio, encendida su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró poco: el esposo leal, el hombre honrado e íntegro, se dio cuenta de que era preciso cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacrificó de buen grado algunos miles de duros para sacar a flote a Costavilla, y se apartó de Anita Dolores con propósito de no verla más.
No contaba con las fatalidades de la Naturaleza. Ocultamente, en apartado rincón de provincia, Anita Dolores dio al mundo una criatura. Fue el castigo providencial, no sólo para ella, sino para Revenga, que no había tenido prole de su matrimonio, ni esperanzas. Y al rodar del tranvía, que apresuraba su marcha, el vacilar de la luz de la linterna que se proyectaba sobre los vidrios nublados por el cielo del aire exterior, Revenga quería dominar una tristeza inconsolable, una amargura que le inundaba como ola de hiel. Nunca vería a su niña; nunca la estrecharía, nunca la tendría sobre las rodillas ni la besaría riendo... Anita Dolores, vengativa y tenaz, la había escondido, la había hecho desaparecer.
¿Desaparecer?... ¡A cuántas conjeturas se presta este verbo!
¿Qué era de la niña?... A aquella hora, cuando Revenga penetraba en su morada lujosa, en su comedor que la electricidad alumbraba espléndidamente y la leña de encina calentaba, intensa y crujidora; cuando la intimidad del hogar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena lisonjeasen su apetito, ¿dónde estaría la abandonada? ¿En qué casucha de aldeanos, en qué glacial dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquiera? ¿Valía más que viviese?
Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello del gabán y caló el sombrero.
Desolación inmensa caía sobre su alma. Precisamente acababa de saber en casa de unos amigos de Costavilla, donde solía preguntar disimuladamente por Anita Dolores, noticias alarmantes. ¡Anita Dolores se casaba! El nuevo socio de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto, era el novio. No mortificaban los celos a Revenga; no le quitaban el sueño memorias de lo pasado... Pensaba en la suerte de su niña, y aquella boda oscurecía más aún el misterio de su destino. ¡Ah! ¡Pues si creían que iba a quedarse así, con los brazos cruzados y mucha flema británica! ¡Desde el día siguiente -desde temprano-, que Anita Dolores se preparase! ¡Allí iría, a reclamar la chiquilla, a escandalizar si era preciso! El escándalo repugnaba a su carácter; el escándalo podía herir de muerte a Isabela, su mujer, enterándola de lo que debía ignorar siempre... No importa, escandalizaría, ¡voto a sanes!
Cantaría claro; desbarataría la boda; pondría en movimiento a la Policía, si era preciso...; pero le darían su pequeña, y la entregaría a personas que la cuidasen bien, y la educaría y haría que de nada careciese..., y, sobre todo, la vería, la besuquearía, le llevaría juguetes en la Navidad próxima... Con firme determinación cerró los puños y apretó los dientes.
¡Amanece, día de mañana!
Entre tanto, Isabel, la esposa de Revenga, acababa de adornarse en su tocador. La doncella abrochaba la falda de seda rameada azul oscuro, y prendía con alfileres la pañoleta de encaje, sujeta al pecho por una cruz de brillantes y zafiros -el último obsequio de Revenga, traído de París-. Con inocente coquetería se alisaba el pelo ondulado y se miraba en el espejo de tres lunas, cerciorándose de que las señales de las lágrimas se habían borrado del todo, después del lavatorio con colonia y el ligero barniz de velutina. ¡El llanto no tenía para qué notarse!
Ya vestida y engalanada, pasó a un cuartito contiguo a la alcoba, donde solía guardar baúles, pero que ahora presentaba aspecto bien distinto del de costumbre. Tapizaban las paredes ricas colchas y cortinas de raso y damasco; corría por el techo un cordón de focos eléctricos, y cubría el piso blando tapiz. En el testero, como a una vara de altura, se levantaba un tabladillo, y sobre él un Nacimiento, el Belén clásico español, con su musgo en las praderías, sus pedazos de vidrio y de hojalata imitando lagos y riachuelos, sus selvas de rama de romero, sus torres puntiagudas de cartón, sus pastorcicos de barro, sus dromedarios amarillos y sus Magos con manto de bermellón, muy parecidos a reyes de baraja. Dos diminutos surtidores caían con rumor argentino, bañando las plantas enanas en que se emboscaba el Portal. Isabel se detuvo a contemplar los hilitos del agua, a escuchar el musical ritmo, y recordó sus propias lágrimas, y sintió nuevamente preñados de ellas los ojos y rebosante el corazón... La injusticia, la maldad, la mentira, lastimaban a Isabel más aún que la ofensa. ¿Por qué la engañaban, a ella que era incapaz de engañar, enemiga de la falsedad y el embuste? ¿Cabía salir de casa despidiéndose con una sonrisa y una caricia para ir a pasar horas en compañía de otra mujer?
Los surtidores goteaban, gimiendo bajito, e Isabel también gimió; el son del agua que cae se adapta a la alegría lo mismo que a la pena; para unos es concierto divino, para otros, queja desgarradora.
Quejábase el alma de Isabel, pidiendo cuentas, exponiendo agravios, alegando derecho y razón. ¿No había ella cumplido sus promesas, lo jurado al pie de aquel altar, pedestal y morada de su Dios? ¿No había sido siempre fiel, dulce, enamorada, dócil, casta, buena, en fin? ¿Por qué su compañero, su socio en la familia, rompía secretamente el pacto?
La mirada de la esposa de Revenga se fijó, nublada y húmeda, en el Belén, y la luz de la estrellita, colgada sobre el humilde Portal, la atrajo hacia el grupo que formaban el Niño y su Madre. Isabel lo contempló despacio, y un cuchillo aguado de dolor se le hundió en el pecho.
«No pidas cuentas... -parecía decir la voz del grupo-. No te quejes... Tú no has dado a tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le has dado el Niño...»
La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el Nacimiento, viendo sólo, en las tinieblas interiores de sus penas, lo que cada cual, durante ciertos supremos instantes que deciden el porvenir, ve con cruel lucidez: lo fallido de su existencia, el resquicio por donde la desgracia hubo de entrar fatalmente... Suspiró muy hondo, como para echar fuera toda la pesadumbre, y poco a poco se apaciguó; su condición era resignarse, aceptar lo dulce, rechazando mansa y tenazmente lo amargo.
«El Niño Dios me está diciendo que hice bien, muy bien...»
La sonrisa volvió a sus labios, aunque sus ojos estaban anegados en un llanto que no corría. En aquel mismo instante se oyeron pisadas fuertes en el pasillo, y apareció Julio Revenga.
-¿Qué es esto? -preguntó con festiva extrañeza a su mujer-. ¿Has hecho un Nacimiento para divertirte?
-Para divertirme yo, no -respondió expresivamente Isabel, ya serena del todo-. Tengo los huesos durillos para divertirme con Belenes... Es... ¡para divertir a una criatura...!
-¡A una criatura! -repitió maquinalmente el esposo-. ¡No será nuestra esa criatura! -añadió de un modo irreflexivo, que tal vez respondía a sus íntimas preocupaciones.
-¡Qué sabes tú! -murmuró Isabel con calma.
Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabeza, desvió el rostro. Tales palabras despertaban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había pronunciado Isabel la sencilla frase!
-No entiendo... -tartamudeó el infiel, con raros presentimientos y peregrinas sospechas.
-Ahora entenderás... ¿No tienes hijos, Julio? -interrogó ella derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho involuntario.
Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado, cayó sobre la banqueta de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía encima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose a su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada su indignación, pero magnífica de generosidad.
-No se hable más del caso... Tranquilízate... Así como así, estábamos muy solos, muy aburridos a veces en esta casa tan grandona. Yo tenía muchas, muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no afligirte. Hace catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las esperanzas... ¡Qué se le ha de hacer! No es uno quien dispone estas cosas... Vamos, no te pongas así, Julio, hijo mío... Alégrate. ¡Hoy nos ha nacido una pequeña!... Revenga, en silencio, besó las manos, besó a bulto la cara y el traje de su mujer.
Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento -es justo decirlo- que de gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir desatentadamente:
-¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo a esa mujer..., te juro que no, que no la veo...
Te juro que no me importa, que la detesto, que...
-Estoy bien informada -contestó Isabel un tanto desdeñosa, apacible-. Me consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite por tu abandono, fue enterarme de «todo»... y, por fin de fiesta, enviarme la niña... Y ya que me la envía..., ¡caramba!, no la he soltado, ¿sabes? Está en mi poder... La reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que no le quede a «ésa» ningún derecho...
Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos Revenga imploró:
-¡Tráemela!... No la conozco todaví
- Autor: emilia pardo vazán
- http://www.navidadlatina.com/cuentosypoesias/PardoBazan/elbelen.asp
Cartas a papá noel
Queridos niños y niñas, la noche mágica del 24 de Diciembre
Con todos los años que tengo, aún no he dejado ni una Navidad de visitar todas vuestras casas, llevando mi amor y alegría para vosotros, los niños (y no tan niños), que siempre esperan esta noche para recibir mis regalos o mis augurios.
Aún recuerdo las Navidades pasadas, cuando todos ustedes, me preparaban un lugar debajo del arbolito para que pusiera los regalos de Navidad, y yo entraba en ciertos lugares del mundo, esa noche nevada, por la chimenea, para dejar los juguetes; y en otras partes del mundo, como en la América Latina, sin saber cómo hacer frente al calor veraniego, y entrar sin ser visto, en un descuido de los miembros del hogar.
Me acuerdo de la casa de algunos de ustedes especialmente, que me dejaban galletas, leche e incluso algunos pastelitos, que siempre se agradecen en un viaje tan largo.
En estas Navidades espero hacer lo mismo, la misma noche. Con la colaboración de mis ayudantes, que están fabricando los juguetes que ustedes recibirán, y con la ayuda de mis renos, siempre fieles, que todas las Navidades me llevan de casa en casa para repartir los paquetes.
Ahora sólo espero que todos los niños y niñas del mundo me hagan llegar vuestras cartas, dejándolas en cualquiera de mis buzones que están por todo el mundo, mandándomelas por este nuevo invento de Internet, (al final de la página) o entregándoselas a vuestros padres, ellos saben cómo hacérmelas llegar.
Bueno, ahora sólo me queda despedirme de vosotros, niños y niñas del mundo, y no se preocupen, aunque han hecho muchas travesuras durante este año, sé que son buenos, y recibirán sus regalos. Eso si, tienen que creer en mi, e ir pronto a la cama, porque si tengo que esperar a que se acuesten, a lo mejor no me da tiempo.
- Yaiza
- ANDREA
- AUTOR: anónimo
- http://www.navidadlatina.com/papanoel/cartas/default.asp
Han robat el temps
- Gisela.
- Paula.
- Alba.
Sovint hem sentit parlar de l'ordre còsmic que controla tot el funcionament de l'univers; són aquelles lleis que fan que els planetes no topin entre ells, que no veiem les estrelles a deshores, que el sol sigui rodó, que el moviment dels astres sigui constant i no vagi a sotracs, que les forces de la gravetat no es destarotin... Com sempre darrera de totes les màquines hi ha uns éssers intel.ligents que ho controlen tot. Un d'aquests és el Senyor del Temps; personatge força curiós i de caire màgic que viu als núvols; té tants anys com el món, porta una gran barba blanca i la seva feina única i exclusiva és la de controlar el temps; però no el temps que fa o que farà: si plou, si neva... no!, el Senyor del Temps controla el temps que corre, que vola, que passa, que fuig o que encara a de venir. Allò que diem el temps horari. I per a fer-ho compta amb una infinitat d'estranys d'aparells mesuradors: rellotges de totes menes, quaderns de notes (per anotar totes les variants), equilibradors d'ombres (per calcular les intensitats de la llum), ulleres d'allargavistes i observadors astronòmics (per a conèixer la situació exacta del cosmos), controladors gastronòmics (per saber amb precisió els moments dels àpats), catalitzadors sòmnics (per graduar la son i els somnis) ...
Aquella nit es presentava com qualsevol altra; el Senyor del Temps també ha de dormir com tothom, però abans feia la mateixa cerimònia de sempre: s'escalfava el llit, es posava la camisa de dormir, desava el temps en una capseta petita sobre la tauleta, programava el despertador i tancant el llum aclucava els ulls per dormir plàcidament. De sobta, al cap d'unes hores, un soroll fort i sec li va estroncar el son. El Senyor del Temps va obrir de nou el llum i es va adonar de que la capseta on guardava el temps havia desaparegut misteriosament. Això el va esverar i tot fent un bot va saltar a terra tot cridant:
Socors! Auxili! M'han robat! Agafeu els pispes! Que no marxin!
Però ja era massa tard per a les lamentacions. En treure el nas per la finestra, el Senyor del Temps no sabia quina cara posar, va veure sorprès com el temps de tot el món s'havia aturat; tot restava quiet, immòbil, silenciós... Havien robat el temps i això era molt greu; si no el recuperava de nou les conseqüències podien ser desastroses, incalculables. Els sols no tornarien a lluir mai més, els planetes deixarien de voltar, els dies no s'aixecarien, els habitants del tots els mons continuarien dormint i dormint per sempre més, les galàxies restarien com glaçades, la vida quedaria abaltida i ensopida fins la mort.
El Senyor del Temps, excitat i molt nerviós, encara amb camisa de dormir, va saltar per la finestra; s'entrebancava amb tot, mai no s'havia trobat amb una situació semblant. Amb una llanterna de piles (com sempre una mica gastades), anava enfocant per aquí i per allà tot cercant una petita pista que el pogués orientar cap a on anar. Estava desesperat, tot ell tremolava, la seva mà també tremolava i la lot anava de banda a banda, resultava del tot impossible de veure res.
De cop i volta una petita lluentor (mai tant ben dit) li va donar llum, el va illuminar; aquell reflex venia d'una "dècima de segon" caiguda i abandonada en un marge del camí. Més enllà va trobar una "estona" repenjada sobre una branca. Un "desprès" abocat en una bassa, un "moment" entre les bardisses, un "tot seguit" sobre la barana del pont, un "parell de minuts" al costat d'unes roques, un "ara mateix" surant a l'aigua, un "d'aquí no res" sobre la gespa, un "ja torno" al costat d'un cau de conills, un "sovint" prop de la soca d'un desmai, un "esperem" enganxat en uns rostolls...així de mica en mica el Senyor del Temps va anar recollint diferents trossos de temps esbargit de qualsevol manera per tots els voltants fins arribar a un escampat on un parell de lladregots inconscients, sense saber què fer amb tant de temps, el perdien miserablement.
El cas, sortosament, es va resoldre sense incidents i els pispes van confessar que havien robat la capseta sense saber què era el que hi havia dintre; avergonyits es van disculpar i es van comprometre a recollir per sempre més tot el temps perdut a l'univers. Per altra banda el Senyor del Temps, a partir d'aleshores ja no desa el temps en una capseta, sinó que ho fa dins d'una ampolla de vidre totalment transparent; si més no, diu el Senyor del Temps, si tornen lladres, abans d'emportar-se l'ampolla podran veure el que hi ha dins i tindran temps de pensar-s'ho.
- Autor: Àngel Daban
- Pagina web: http://www.teranyina.net/nadal.ct/lletra/conte2.html

